Víctor Iturrieta. UPA

“Alzamos grandes banderas y nos sumergimos en oscuridades llenas de luminosidades. Pero no fue nada en comparación con lo que se está viviendo hoy

, yo prefiero seguir siendo el mismo hijo de puta de siempre a que me reconozcan como un aporte al orden obtuso y sistemáticamente lineal. Lo digo de una vez, yo no aporte para nada a la democracia.

No, gracias, yo paso de vuestras condecoraciones para héroes póstumos. No me siento parte de vuestro orden, aparte que no me aceptarían, pero eso me da igual. Tengo mis cosas bien asidas, y de ahí no se moverán. Soy un inepto desconocido e intransigente, una basura moderna con todas sus letras y acentos”

Recuerdo cuando hace años, conversando incómodamente en un taller de formación política “al aire libre” con un ex combatiente rodriguista, sobre la importancia de la literatura rusa del siglo XIX para el desarrollo del pensamiento en la primera mitad del siglo XX y el hecho de que incluso se transformará en motor para la proliferación de la potente literatura soviética. Llegábamos a algunas fundamentales conclusiones en esa grata y embarrada conversación, tocamos -como no- a la discusión sobre el gran Fiódor Dostoyevsky ladrillo “Crimen y Castigo”. Digo más bien a mi parecer, le comenté que en realidad no alcance a leer -a duras penas- cerca de cien páginas de aquel trozo enorme de la literatura mundial. Su lenguaje y sobre todo la descripción del detalle llevada al extremo me alejo de una constructiva lectura por lo que abandone el intento.

Mi compañero, que fue guerrillero, me hizo notar importantes detalles de mi mal llevada lectura. Cuando el joven Rodión camina y se dirige hacia su victima con el firme propósito de asesinarla se desarrolla una descripción psicológica donde se destacan unos elementos como la determinación, las pausas de sus pulsaciones, el golpear de los latidos de su corazón y la aparente firmeza de sus puños. El guerrillero, me hace notar, que esas son las características físicas y psicológicas del hombre que ha decidido tomar la vida de otro ser humano, más aún si existe una profunda (equivocada o no) razón que justifique tal decisión. De esta manera llegamos a una serie de conclusiones, la más relevante para la literatura mundial, es la certeza irrefutable de que Dostoyevsky asesinó –al menos- a alguien durante su vida en la Rusia Zarista.

De eso se trata, desde los orígenes de la humanidad los hombres han debido enfrentarse a la muerte, pero no todos los “tipos” humanos están en condiciones de enfrentarla de igual forma, menos aún, no todos pueden “hacerse cargo de la muerte”. Así es, solo algunos pueden poner “el pellejo para demostrar la justeza de su causa”, solo algunos pueden pararse de frente a los viles del enemigo y hacer los que no muchos harían. Esta de más decir, que no se pretende hacer una “apología de la violencia” (además, es ilegal ¡?) pero jamás coincidiríamos con aquellos que pretendieron que nuestro maltratado pueblo pusiera la otra mejilla indefinidamente, especialmente al final de esos dolorosos y largos años ochentas.

Para la multitud de combatiente que tenían las manos, los carnés y las causas un poco más limpias fue infinitamente complejo la “reinserción social y política” muchos debieron ser conserjes o taxistas siendo expertos en explosivos, pilotos de combates y buzos tácticos, los héroes ensangrentados del pueblo, no hubiesen tenido ninguna posibilidad digna de (sobre)vivir en este fraude de país aunque, seguramente, no lo hubiesen deseado.

Desde la izquierda social y política de Chile, me es imposible dejar de identificarme con la persona de Ricardo Palma Salamanca y con la obra gris de aquellos rodriguistas que pusieron el pellejo y miraron a los ojos a la muerte y a los verdugos del pueblo trabajador. Es así como -lamentablemente- tengo la certeza que el mejor lugar para el Negro es sin lugar a duda uno lejos de nuestro país.

Como él parafrasea: “Con el porvenir en nuestros bolsillos, en nuestras pistolas, no dejamos de intranquilizarnos. Acabamos con unos cuantos rufianes, los dejamos tendidos en el piso del gran Santiago. La prepotencia se les devolvía, queríamos acabar con todos ellos pero no pudimos, cuestión de tiempo simplemente. Una época. Nos dimos la posibilidad de determinar el final de sus vidas”

 * Ambas citas pertenecen al libro Una larga cola de Acero escrito por Ricardo Palma Salamanca.

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