Nació como Issur Danielovitch Demsky. Su padre se ganaba la vida recogiendo ropa y chatarra de las calles. Hijo de una familia de emigrantes bielorrusos de origen judío, establecidos en Amsterdam, una pequeña ciudad del estado de Nueva York famosa por la fabricación de alfombras, el pequeño Danielovich fue un buen estudiante y mejor atleta. Creció y se matriculó en la American Academy of Dramatic Arts para convertirse en actor, fue entonces cuando cambió su nombre por el de Kirk Douglas, sabía que el verdadero nunca le abriría las puertas de la fama en una época marcada por un inusitado y desmedido antisemitismo. Hoy, 9 de diciembre de 2016, Kirk Douglas cumple 100 años convertido en una figura legendaria. Estamos ante el representante vivo de una época dorada de Hollywood que, como todas, tuvo sus luces y sus sombras.

Más de 90 películas como actor (91 exactamente), 30 como productor y dos como director, tres nominaciones a los Oscar y sólo una estatuilla honorífica, su portentoso físico sedujo a una interminable lista de directores de la talla de Billy Wilder, Joseph L. Mankiewicz, Howard Hawks, John Huston, Wiliam Wyler, Vincent Minnelli, Elia Kazan, Stanley Kubrick, Brian De Palma, entre otros. El repertorio es apabullante pero, mal que le pese a muchos, Kirk Douglas no sólo pasará a la historia por sus memorables interpretaciones en películas como Cautivos del mal, El gran carnaval, Carta a tres esposas, El loco del pelo rojo,Senderos de gloria o Ídolos de barro. Kirk Douglas pasará a la historia por haber acabado con la lista negra de Hollywood durante la Caza de Brujas.

Se trata de la época más oscura de la historia del cine, directamente relacionada con el senador Joseph McCarthy, principal promotor de una brutal, cruel y encarnizada campaña contra el comunismo, en defensa de los valores y el sentimiento americano. Durante su mandato (1947-1957), en plena Guerra Fría, se llevó a cabo una persecución a todo aquél que no demostrara lealtad absoluta al Gobierno norteamericano. Se violaron los derechos civiles de los que fueron acusados de simpatizar o pertenecer al Partido Comunista, la mayoría de las veces sin pruebas y sin juicio previo.

En un ambiente como el vivido durante los años del macartismo, Kirk Douglas se empeñó en rodar una película sobre la libertad, justo en un momento en el que la propia libertad corría peligro en EE.UU. Siempre sintió ciertos paralelismos entre el largometraje que preparaba y la realidad del país. De hecho, como buen visionario, se encargó de ordenar negro sobre blanco sus recuerdos del rodaje en Yo soy Espartaco, libro que publicó en 2012 y en el que desveló su empeño, por ejemplo, en contar con Dalton Trumbo para escribir el guión de la película.

Trumbo era un narrador que estaba vetado por la industria cinematográfica porque el que Comité de Actividades Estadounidenses lo consideró un “rojo comunista”, fue encarcelado durante 11 meses y al salir tuvo que exiliarse a México. Había pasado de ser uno de los guionistas mejor pagados de Hollywood a escribir con seudónimo o a través de tapaderas, cobrando una ínfima parte de su caché previo al inicio de la persecución. Gracias a su alter ego imaginario, Dalton Trumbo fue capaz de burlar la censura, firmar el guión de Vacaciones en Roma (entre otros) y ganar un Oscar (reconocido, eso sí, 15 años después de su muerte).

La actitud de Kirk Douglas frente a la Caza de Brujas era absolutamente contraria a la de colegas como Gary Cooper, Ronald Reagan (entonces jefe del Sindicato de Actores), Walt Disney o Montgomery Clift, que denunciaron a sus compañeros ante el Comité. Douglas protegía a los apestados con su productora independiente. Le encargó la dirección de Espartaco a un jovencísimo Stanley Kubrick y le correspondió a Tony Curtis abanderar el momento glorioso en el que los esclavos se enfrentan a la imperialista, despótica y opresiva Roma al grito de ‘Yo soy Espartaco’, con el que camuflan la identidad del líder que los guía en la lucha por la libertad. Una osadía paralela a la del propio Kirk Douglas que en la vida real se arriesgó a sacar del ostracismo a Dalton Trumbo, otro perseguido.

No nos engañemos, Douglas pudo enfrentarse el establishment porque ya era un actor famoso, cuya libertad financiera le había otorgado el poder suficiente para jugársela, aunque fuera bajo cuerda.

Espartaco se estrenó en 1960. Siete años después fue censurada, regresó a la gran pantalla con 23 minutos menos que en la proyección original. En 1991 la película fue restaurada, momento en el que los responsables aprovecharon para recuperar los 23 minutos censurados, más otros 14 que habían sufrido algo parecido a la censura previa. En ellos se incluía la famosa escena de las ostras y los caracoles, cuando Craso (interpretado por Lawrence Olivier) intenta seducir a su esclavo Antonino (Tony Curtis). La escena se recuperó sin el audio original, de manera que tuvo que doblarse de nuevo. Tony Curtis pudo dar voz a su personaje, pero Laurence Olivier llevaba muerto dos años, de manera que tuvieron que solucionar el problema con una valiosa imitación de Anthony Hopkins.

Dados los problemas sufridos con el guionista y con la censura, Stanley Kubrick estaba dispuesto a atribuirse el guión de Espartaco, algo que Douglas no consintió.  Se emperró en que el nombre de Dalton Trumbo figurara en los títulos de crédito sin pseudónimo, sin caretas de ningún tipo. El mismo día de su estreno, un 6 de octubre de 1960, la lista negra de Hollywood fue definitivamente cancelada.