Periodista. Analista. Miembro fundador de Telesur. Fue presidente de la Asociación de Prensa Extranjera. Tiene dos libros muy importantes.

¿Cómo están viendo a Venezuela desde el exterior?

—Mal, muy mal. Hay un imaginario colectivo impuesto por el terror mediático cartelizado, trasnacional, lleno de fake news (mentiras), que cuenta con la complicidad de la falta de una política de comunicación de la Revolución Bolivariana, acentuada desde que se terminaron los Aló Presidente de Hugo Chávez (que era el medio por el cual chavistas y antichavistas se enteraban de lo que sucedía en el país), y un síndrome de plaza sitiada de los dirigentes, que se vuelven permanentemente reactivos a lo que dicen en el extranjero, siguiendo siempre las agendas del enemigo, sin posibilidad de imponer una agenda propia, más allá de que la culpa de todo la tiene el imperialismo. Una revolución es tiempo de debate de ideas, de construcción y no solo de denunciología y lloriqueo. No se ha construido un relato propio de lo que ocurre, no hay lugar para las críticas, no hay política comunicacional. En el frente externo se trata de convencer sólo a los convencidos. Y así es muy difícil cambiar ese imaginario impuesto internacionalmente.

¿Nos estamos viendo con nuestros propios ojos?

—Hace mucho que no nos vemos con nuestros propios ojos, con ojos venezolanos, latinoamericanos. Somos totalmente reactivos a lo que dice el enemigo. Es más, los asesores extranjeros han recomendado una paulatina deschavitización, sin pensar siquiera que lo que mantiene unido al pueblo, al abajo que por ahora no se mueve, pero que en cualquier momento lo puede hacer (recordar aquel 13 de abril), es el espíritu, las ideas, las propuestas (hasta las equivocaciones) de Hugo Chávez.

¿El terrorismo mediático es más fuerte que el terrorismo de las armas?

—Sí y no. El terrorismo mediático a veces hace prescindible el uso de las armas. Es un terror que ataca la percepción de los individuos y no su raciocinio, apela a imponer imaginarios colectivos que muy poco tienen que ver con la realidad real. Es la realidad virtual la que se convierte en la verdad única. Es más fuerte, sí, porque no genera el rechazo que sí generan las armas. Pero, en definitiva, es otro tipo de conquista, es la guerra de cuarta generación que, con el uso de los algoritmos de la inteligencia artificial se está convirtiendo en una guerra de quinta generación. Quizá tenía razón Aristóteles, cuando decía que la única verdad es la realidad, pero hay que convencer a la gente de que es así.

¿La comunicación digital desplazó al periodismo?

—Aquí entramos, mi querido Roberto, en aguas profundas. Gabriel García Márquez decía que el periodismo es el mejor oficio del mundo. Primero debemos diferenciar comunicación de información. Para ese tipo de comunicación digital, seleccionada por perfiles de usuarios, no existe el periodismo, se trata de captación de consumidores. ¿Dónde están los periodistas?, nos preguntamos. Una de las bases del periodismo es la ética, pero muchos hoy buscan esta palabra con hache, y quizá sea por eso que no la encuentren. El problema no son las herramientas, sino su uso. Hoy el desafío es saber pelear en esta guerra de ideas, cultural. Y para eso hay que saber usar las nuevas herramientas. Si alguna vez las armas fueron las metralletas, hoy lo son la inteligencia artificial, las redes sociales, lo audiovisual y una buena batería de escribidores (llamémoslos periodistas) que hablen de la realidad-real, que interpreten, analicen la realidad de hoy con los nuevos lenguajes.

¿Telesur está cumpliendo el papel para el que fue creada?

—Telesur fue la verdadera revolución comunicacional en 2005, la demostración de que se podía hacer un medio televisivo para ver nuestra región con nuestros propios ojos, imponiendo una agenda latinoamericana, visibilizando las luchas, la memoria, los anhelos de nuestros pueblos. Pero este canal latinoamericano y latinoamericanista se fue convirtiendo en una señal internacional de Venezuela, lo que no está mal, pero no era su objetivo. Eso no quiere decir, en absoluto, que su presencia aún no sea importante para tener otros enfoques de la realidad de la región. Debiéramos dejar de prestarle atención a los vendedores europeos de espejitos (ellos jamás lograron tener un canal de este tipo), a aquellos que nunca creyeron en la revolución, a los que lucraron con Telesur y hoy viven lejos del país y de la revolución con lo que se llevaron. Disculpe, hermano, pero todavía me duele Telesur.

Fuente: CiudadCCS